Crónica
¿Por qué será que nos cuesta tanto esperar? O mejor aún: ¿por qué nos molesta?
Ese es el tema de conversación de 2 señoras. Y son las mismas señoras que me miran disimuladamente porque escribo en un cuadernillo. (Para mí que se piensan que las espío, y es cierto). Están diciendo que una de ellas llegó tarde, y como era de suponerse, perdió su turno. “La doctora me dijo: “¿llegaste tarde? Bueno, última”, así que no me queda otra que estar acá. ¡Con todas las cosas que hacer! (Ffffffffa, ¡pero que señora tan ocupada!, se debe creer que es la única que tiene que hacer cosas y por eso llega al horario que quiere).
Una chica de saco fucsia y botas verdes (sí, botas verde loro), luego de que la doctora salga a decir que tenía que ir a buscar algo a una oficina y que la “aguanten unos minutos”, comenzó a despotricar contra la obra social, la doctora, la familia de la doctora, la señora que llegó tarde -que pobre, no tenía nada que ver-, y terminó por nombrar a su propia familia. Mientras tanto, la doctora regresó, y cuando pidió disculpas por la demora, esa joven que estaba protestando fue la única en responderle: “Pero no, “doc”. No hay problema, está todo bien”. (¿Está todo bien?, ¿es-tá-to-do-bien? ¿eso le dijo, que estaba todo bien? Yo creo que no está nada bien, o por lo menos eso parecía segundos atrás)
Un hombre de jeans celestes, zapatillas negras con 3 tiritas rojas, pullover azul y bufanda a rayas, se sacó sus lentes y empezó a jugar con ellos: los revisa, se los saca, se los pone, camina 3 pasos, se apoya en la escalera, comienza a caminar nuevamente en círculo, mira a los que esperan y repite todo una y otra vez. (¡Pará, hermano! Vas a hacer un agujero en el piso. Quedate tranquilo, ya va a venir tu turno. Banca un toque).
(Esto fue genial:) Un chico en el piso, con chomba blanca y jeans, juega con su celular inmutado, como si no existiera nada a su alrededor. Y el volumen del juego está altísimo, a lo que una señora muy enojada le dice: “a ver nenito si bajamos el audio”. ¿¡Para qué!?, ahora la enojada es la madre del joven, que sin más, saltó a defenderlo: “Mi hijo juega como quiere”. (Respuesta cual niña caprichosa).
La discusión siguió y casi que finaliza con un: “tu hijo es un irrespetuoso”. “A mi hijo no le diga nada porque le arranco los pocos pelos que tenés” (Bueeeena, Hulk. Hay que admitir que la señora se lo podría haber dicho de otra manera, pero convengamos que la musiquita también fastidia a los demás).
Luego, la mujer calló, pero al ver que el joven la miraba sonriéndose, llegó a decir “míralo a tu...” porque justo la cortó la salida de la doctora al pasillo. Era justamente ella la siguiente en entrar al consultorio, así que se paró, y con una mirada sobradora y hasta burlona, ante los pobres diablos que llevábamos más de media hora ahí, entró.
Pasados 5 minutos de calma absoluta, llegó un hombre de traje, con muy buen porte, ojos azules y sobretodo negro. Quiso sentarse pero era imposible, porque los 6 asientos estaban ocupados, entonces agarró entre sus manos su móvil e hizo un llamado:
-Hola cuchi, ¿Cómo estás? (¿Cuchi? ¿Le dice cuchi? Eso era demasiado para mí, pero decidí no reírme y seguir escuchando)
-Acá ando, esperando el turno en el médico.
-Sí, hace como media hora que espero. (PAREN TODO. ¿Media hora? Ah bueeee, lindo pero mentiroso...)
-Estoy aburrido, si aburrido. Divertime. (jajajajaj ¿pero qué es tu novia, flaco, un clown? ¿Trabaja en un circo?)
-¡No! (estirando la “o”) ¡qué voy a traer un libro! Solo los viejos leen cuando esperan.
No sé si se dio cuenta, pero a su izquierda, tenía una mujer de unos 50 años que estaba justo leyendo un libro de García Márquez. Y luego de que él dijera eso, levantó la vista como para decirle algo, pero como vio que seguía entusiasmado, bajó la cabeza y se volvió a hundir en el relato.
“No me gusta esperar, pero igual te espero” cantaba una adolescente que escuchaba música con sus auriculares “Sony” blancos, desde su celular. La canción es “Te quiero igual” del gran Andrés Calamaro, y no sé si a propósito o no, pero va justísimo con lo que acontecía en ese momento. Pero gracias a Dios, suena el grito sagrado: “Escobar”, y la dulce espera se había terminado.
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